Esta no es la historia de la pobre niña que se quedó recogiendo lentejas de la chimenea la noche del baile, no, es la historia de la niña que hizo que las demás se quedaran recogiendo lentejas de la chimenea la noche del baile.
Había una vez, en un pueblo muy lejano llamado Maracay, una niña que era muy sifrina, pero sólo cuando sus amigos estaban alrededor, cuando estaba sola o con sus familiares le daba libertad a su mala educación, comía con la boca abierta, caminaba descalza y desordenaba todo lo que podía para después llorar cuando su abuela la sermoneaba porque las demás le habían dicho lo que había hecho en su ausencia.
Un día estaba sentada en la sala de la casa de su abuela viendo hacia la cocina mientras que su mamá hacía el desayuno apurada porque tenía que ir a trabajar, después de estar observando por diez minutos sin hacer más nada que regañar a su hermana por hacer mucho ruido cuando respiraba decidió ir a la cocina a buscar un vaso con agua (esa era una de sus manías, tomar agua cada diez minutos exactos, cuando los demás le pedían una explicación ella daba siempre la misma excusa –muy mala-: se podía deshidratar).
Se levantó para ir a la cocina, no sin antes quitarse las sandalias que le quedaban pequeñas, y caminó descalza hasta la cocina creyendo que su mamá no se daría cuenta de que estaba descalza, pero sí se dio cuenta y le dijo:
-¿Por qué siempre tienes que andar descalza por todas partes ensuciándote los pies?, ¡siempre encuentras la manera de parecer un coleto! ¿Por qué siempre tienes que andar por ahí como Tierrucienta?
Su hermana y su tía se miraron y contuvieron la risa, pero las dos sabían que ya tenían un nuevo apodo que no se gastaría tan rápido: Tierrucienta. Cada vez que le hablaban durante el día terminaban la frase con un “Tierrucienta” impregnado de burla y crueldad, se miraban y soltaban una carcajada.
Tierrucienta a las cinco de la tarde estaba harta y esperaba a que llegara su abuela para acusarlas, para decir que la habían llamado Tierrucienta todo el día, y, quien sabe, hasta añadir una pequeña mentira, un “me caes mal” que hiciera que se quedaran en casa la noche siguiente, la noche del cumpleaños de Daniela, la tía de Tierrucienta.
Media hora, una hora… su abuela no llegaba y Tierrucienta tenía que irse a su casa antes de que anocheciera sin acusar a las pesadas que se habían burlado de ella todo el día, cuando se resignó a tener que esperar al día siguiente se le ocurrió una idea maravillosa: escribirle una carta a su abuela con todos los detalles de lo que había pasado durante el día (también algunas mentiras y exageraciones).
Escribió la carta con lapicero para darle un toque –más- dramático a la carta con unas cuantas gotas de agua por encima que parecerían lágrimas.

Tierrucienta = Niña loca, es decir, mi querida y amada hermana.