Debo comenzar con una pequeña (o quizás no tan pequeña) descripción de esta especie, una especie que espero esté en extinción, o si no tendré que encargarme personalmente de que así sea.
José Manuel: niño que me caía bien hasta ayer, tiene quince años (o dieciseis, en realidad no lo sé, y por ahora no me interesa averiguarlo), toca la guitarra, lame las botas de Giuseppe, Rafael, Arhuro, Jesús, en fin, todo el que sea socio o amigo de un socio de la Casa Italia de Maracay; tiene como costumbre meterse en las discusiones de los demás, por ejemplo, cuando estaba en el medio de la discusión que sostuve con Frank y Jesús, o cuando Adrián no se defiende de Giuseppe y sus amiguitos y se deja amenazar, ahí, por supuesto, tiene que entrar José Manuel (para hacerlo más simple vamos a llamarlo el Portu de ahora en adelante), le dice siempre "No, chamo, defiéndete, no te dejes; sé como yo", es tan fastidiosa esa costumbre que tiene que en estos días, por mi paz mental, me vi obligada a acercarme hasta su puesto y decirle "Cállate, no es que tú te defiendas mucho; ya él se está comportando como tú, se deja golpear y amenazar, así que apréndete esto: practica lo que predicas, o predica lo que practicas"
Aparte de todas esas cosas tan lindas, tiene también el hábito de no hacer nada cuando tenemos que hacer trabajos en grupo, siempre hace esto: después de que repartimos los puntos saca el libro, lo abre, busca la página (a veces la profesora nos da el número de página y no tiene que esforzarse tanto), deja el libro abierto y mira hacia los lados esperando que los que tampoco trabajan inicien un intercambio de ideas un poco tontas, se ríe de los chistes de los que están hablando, le dicen "cállate, nariz de cachito" y se ríe; una de las tantas veces que ha hecho eso me harté, ese día me desperté con los apellidos revueltos, y la verdad es que ninguna de mis familias es tranquila, las dos tienen un mal caracter que sólo se me escapa cuando llevo muchos días acumulando problemas sin resolverlos, ese día tuve mi cara de "no-me-hables" desde que abrí los ojos, cuando vi que estaba haciendo lo de siempre, lo miré con la cara que ponen las mamás cuando sus hijos no quieren hacer la tarea, empezó a escribir y apenas miré hacia abajo levantó la cabeza otra vez, lo miré con la misma cara de perro y bajó la cabeza otra vez, eso pasó como tres veces, hasta que le dije "¿No vas a trabajar? El libro está aquí (señalando la mesa), no en la cara de ellos", Portu golpeó el libro, el cuaderno, la mesa y volvió a escribir, lo de la mirada volvió a pasar tres o cuatro veces más hasta que se terminó la clase.
Al final de la clase de Historia estaba arrepentida de haberle pedido al Portu que hiciera la dramatización de Psicología con Andrea y conmigo, pero ya no podía decirle nada, así que me quedé tranquila pensando que si le daba el guión antes, él se lo iba a aprender y todo iba a salir bien, íbamos a sacar veinte y el cuento iba a tener un final feliz.
El viernes pasado, cuando se suponía que íbamos a hacer la dramatización, la profesora no fue, yo pensé que teníamos suerte, así podríamos practicar más, y le di el guión al Portu, le dije que lo leyera como quince veces y él prometió que lo haría. El miércoles, que era el día que veíamos Psicología otra vez, la profesora sí fue, hicieron dos dramatizaciones y la profesora dejó la nuestra para el viernes (ayer), ya yo estaba convencida de que íbamos a tener buena nota.
Al fin llegó el día, estaba feliz porque me gustaban los títeres (los hice todos yo sola) y porque me gustaba el guión (lo escribí yo sola), lo que más me gustaba era que había logrado incluir la palabra "víbora" en él. Llegó la hora, empezamos y la dramatización fue un desastre de principio a fin: el Portu no recordaba que como era el único niño en nuestro grupo, él tendría que hacer las voces de los dos personajes de la primera escena (el vigilante y Juan); los demás no escuchaban nada y tuvimos que repetirla, cinco minutos después, cuando empezamos de nuevo, José Manuel no recordaba que le tocaban las voces de Juan y el vigilante, le dije otra vez que tenía que hacer dos personajes, pero no lo entendía, yo ya estaba desesperada, así que recurrí al recurso más eficiente en esos casos: el grito; le grité "¡Tú sabías que te tocaban dos personajes desde la semana pasada, así que no te hagas el loco y lee tu parte!", al fin reaccionó, pero no sirvió de nada, ahora quería decirlo todo seguido, no hacía pausas, los signos de puntuación los ignoraba como se ignora un semáforo en rojo a las tres de la mañana; saltaba líneas completas, y cuando le decía que esa no era la línea, regresaba a la primera; no gritó cuando debía hacerlo, dijo "cuadraduchas" en vez de "cucarachas"; cuando debía decir "¡Eso es una tontería! Las mujeres compran tantos libros como los hombres, ¡vieja víbora!" dijo "Eso es una, tontería, las mujeres, compran tantos libros... como los hombres, vieja, víbora" (lo que intento decir es que los signos de puntuación dejaron de existir en ese momento, no era que los ignoraba, era que si le decías "signos de puntuación", él decía "¿qué es eso?").
Al final traté de arreglarlo leyéndole el guión completo a la profesora yo sola, haciendo las voces de todos los personajes, pensé que como yo había escrito el guión y sabía como leerlo, podía salvar mi nota, pero eso no funcionó, y todas esas cosas que salieron mal en la dramatización se unieron para regalarme un hermoso, espectacular y maravilloso ¡catorce!
Después de pasar tantas horas intentando decidirme entre el cuento de Horacio Quiroga y la entrevista de empleo; después de escribir el guión completo; después de coser todos los títeres y hacerle un minicollar a Elena para que no se viera tan simple, saqué ese catorce, ese horrible catorce.
Quería matar a José Manuel, fui hasta donde estaba sentado a gritarle que por su culpa habíamos sacado mala nota, que yo le había dado el guión una semana antes y él no había podido apartar un minuto de su tiempo para leerlo, y cerré con un "Te detesto" salido de lo más profundo de mi corazón, y él lo que hizo fue sonreir todo el tiempo, ¡tan lindo él!